Cartera

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Un hombre pasea por la ciudad y se mete en un callejón. De pronto le asalta un hombre con una navaja y le pide la cartera bajo amenaza de muerte. El atracador va en serio y el hombre le da su cartera para no meterse en problemas.

Al cogerla, entre insultos y blasfemias, el atracador comienza a vaciar el contenido y lanzarlo al suelo enfadado o incluso a la cara del hombre. Lo tira todo: billetes, fotografías, tarjetas de crédito...

Cuando acaba, sin dejar de apuntar con la navaja al hombre, se marcha con su codiciada cartera. El hombre se queda solo en el callejón con todas sus cosas por los suelos y algunos billetes siendo llevados por el viento.


Cartas

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La vida es un juego, o asi me gusta verlo a veces. Jugamos todos una partida eterna en la que tenemos que apañarnos con las cartas que se nos dieron al empezar.

Pese a todo, siempre evito quejarme de la mala mano que pueda tener. De hecho, en vez de eso trato de jugar con lo que tengo intentando sacarle el máximo partido. Tener malas cartas no quiere decir hacer malas jugadas. Tres doses hacen más que dos ases y dos reyes juntos. Solo es cuestión de saber jugar y aprovechar tus cartas.

Pero, ¿cómo se juega? No hay ningún reglamento, nadie te explica el juego. Es bien importante conocer las reglas antes de jugar para saber lo que puedes hacer e incluso planear alguna estrategia. Quizás de eso mismo se trate el juego, de aprender precisamente en qué consiste.

Y, ¿quién gana? Mucha gente ha jugado y ha acabado la partida, pero el juego continua. ¿No ha ganado nadie aún? ¿Ganamos todos al final? Algunos se han ido con más nivel que otros, asi que tiene que haber alguna diferencia al final para cada uno.

Pero a mi no me preocupa ganar. Me da igual el resultado mientras disfrute la competición. Hace tiempo aprendí que nunca seré el mejor en nada. Puede sonar triste, pero es cierto y es algo que cuanto antes se asuma mejor. Siempre va a aparecer alguien que te supere en aquello en lo que te has estado esforzando para ser excelente. Y eso no es malo en realidad. No ser el mejor no quiere decir ser malo. Por eso desde entonces dejé de competir contra los demás y me puse a mi mismo como rival a batir en todo lo que pudiera. Si consigo ganarme siempre estoy en una mejora constante, y quizás no llegue nunca a ser el mejor, pero seguro que habré hecho una jugada decente.

De la misma manera nunca vas a ser el peor de todos en nada. Puede irte todo mal, puedes quejarte lo que quieras, pero siempre habrá alguien en un peor momento y a lo mejor no se está quejando tanto, y tal vez no esté tan lejos de ti como puedas imaginarte.

Intento jugar bien mis cartas, hago lo que puedo con lo que tengo.


En serio

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Se había hecho tarde. Tenía que levantarme pronto a la mañana siguiente y ni siquiera había recogido la mesa después de cenar. Aunque me moría de sueño me obligué a dejarlo todo recogido antes de acostarme.

Al acercarme a oscuras al comedor iba notando el ambiente algo cargado, contagiado de una manera poco habitual. Con el cuerpo alerta encendí la luz y no pude evitar pegar un grito del susto que me llevé. Enfrente de donde me había sentado a cenar había un hombre terminándose los restos de comida que había dejado y no quería dejar ahí fuera toda la noche. Además había cogido una de mis cervezas de la nevera.

Era un hombre mayor, o al menos mayor que yo. Tenía toda la cara cubierta por una inmensa barba tan negra como el carbón que no dejaba ver nada a través de ella. Parecía recién bajado de un barco que llevara semanas sin pisar tierra, pues además tenía la piel algo oscura (la poca que se le podía ver) y castigada por el sol. Desde luego una figura intimidante que me miraba con ojos serios desde su posición.

-No grites a estas horas, hombre. ¿No ves que vas a despertar a todo el mundo?

Su presencia en mi comedor me descolocaba por completo.

-¿Q... quién eres?

-Esa guitarra que sonaba hace un rato ahí atrás eras tú, ¿verdad? ¡Sonaba horrible!

Su presencia en mi comedor empezaba a molestarme. Después de ese comentario mi miedo se transformó en indignación. Ya era capaz de hablar con normalidad.

-Ese queso que comes es mío.

-Oh, no te preocupes. Soy un producto de tu imaginación. No me estoy comiendo realmente tu comida, aunque por lo que tardabas en limpiar esto bien podía haber venido cualquiera a hacerlo. Quizás tenía que haberme aparecido como un insecto gigante, así habrías aprendido más rápido la lección.

-Eh, muy bien. Ya estaba viniendo precisamente a recoger todo esto por mi mismo. Que estuvieras aquí o no no ha hecho ninguna diferencia.

-No he venido a decirte que hagas las tareas del hogar, pero tienes que tomártelo todo más en serio.

-¡Maldita sea! ¿Qué dices? ¡No podría tomarme más en serio las cosas últimamente!

-Ya... ¿Y cómo te va?

Ya estamos... Esta gente parece que no sabe hacer otra cosa más que aprovecharse de las situaciones difíciles. No me apetecía quedar como un flojo delante de este señor.

-Bueno, ya sabes... unas veces te comes al oso... y otras veces el oso te come a ti.

-Eso dicen, parece.

El hombre hizo una pausa larga en la que aproveché para mirarle fijamente a los ojos. Si su barba era puro carbón, sus ojos reflejaban las profundidades de la mina de la que lo sacaron. Al final del todo se podría ver cómo meditaba las palabras que estaba a punto de decir, si fuera posible llegar hasta el fondo.

-Tal vez no seas capaz de darte cuenta, pero das pena comportándote así. Tienes que espabilar, aunque no debería decirte cómo. Es un problema que tienes que afrontar tú solo y encontrarle solución, ¡y cuanto antes mejor! Te darás cuenta de que ese oso no te tendrá tantas ganas si ve que haces las cosas bien.

De pronto se esuchó un ruido tremendo. ¡Sonaba la bocina de un barco desde la cocina! Justo al girar la cabeza se fue la luz. Un segundo después volvió, pero el hombre se había desvanecido y mi queso estaba tal y como lo había dejado horas atrás.





Brassiere

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Los Ig Nobel premian aquellos logros que primero hacen reír y después pensar. En 2009, la doctora Elena Bodnar junto con su equipo recibió el Ig Nobel en salud pública por patentar un sujetador que, en caso de emergencia, puede separarse y servir como máscara facial protectora.

Aquellos interesados en la patente pueden consultarla aquí.


Como se puede apreciar, el invento es bastante simple. No es más que un sujetador normal y corriente con un enganche en la parte delantera también, aunque es necesario mencionar que el sujetador está hecho de un tejido especial que actúa como filtro de gases y hace que no sea tan barato como uno normal, aunque su precio tampoco es exagerado. Es un invento totalmente funcional.

Una de las ventajas que tiene todo esto es que la portadora posee dos mascarillas y la inventora siempre bromea con que eso sirve para elegir a quién quieres que sobreviva contigo en caso de emergencia. Imaginad una pila de hombres rogándole a una mujer que les deje su sujetador, pegándose por ello y todo, en medio de un escape de gases en una fábrica.

Es habitual ver a la doctora Bodnar en las ceremonias de los Ig Nobel mostrando su invento y haciendo una demostración. Para ello se quita el sujetador en el escenario y se coloca una mascarilla a ella misma y otra a algún afortunado premio Nobel. Alguna vez se ha quitado más de un sujetador.


Ya es bien sabido que los Ig Nobel primero hacen reír. Vamos ahora a la parte de pensar.

La doctora Bodnar trabajaba como física nuclear en Ucrania cuando ocurrió el accidente de Chernobyl. Colaboró en las tareas de asistencia a los afectados y se involucró mucho a la hora de estudiar las consecuencias de la exposición radioactiva debida al accidente. Después de eso, ha colaborado con la Organización Mundial de la Salud en numerosos proyectos relacionados con el accidente de Chernobyl.

La visión que tuvo esta mujer a la hora de diseñar el invento fue que si mucha gente hubiera dispuesto de su sujetador/mascarilla entonces se podrían haber evitado cientos de miles de casos en el momento del accidente.

Basándose en que la población mundial se reparte aproximadamente 50/50 entre hombres y mujeres, el sueño de Elena Bodnar es que toda mujer lleve uno de sus sujetadores para garantizar la seguridad de todo el mundo.

Dejo esto con una frase relacionada con el tema para reflexionar:

Si parece estúpido, pero funciona,
quizás no sea tan estúpido.


"Historias" 13

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[ALERTA SPOILERS]

Esta entrada pertenece a una serie de entradas que componen un relato que estoy escribiendo. Si tienes interés en leerlo todo desde el principio puedes ir a las etiquetas que hay en la parte derecha y clickar en "Relatos". Ahí tendrás todo en orden inverso, así que tendrás que empezar desde abajo del todo e ir subiendo. Si eres un masoca al que le gusta saber el final antes de empezar la historia o simplemente te divierte mirar letras puedes seguir leyendo bajo tu propia responsabilidad. Gracias.


Las puertas se abrieron y un resplandor nos cegó completamente. A pesar de ser ya de noche, la iluminación de la sala hacía que pareciera pleno mediodía. A nuestros ojos les llevó un rato acostumbrarse a estar ahí, pero nuestras mentes seguían aturdidas y entender en qué clase de lugar estábamos se hizo una tarea complicada.

Nos veíamos reflejados enfrente de nosotros, pero había algo extraño en la manera en que nos veíamos. Estábamos en una sala llena de espejos. Uno de estos laberintos que podrías encontrar como atracción en una feria, pero, ¿qué hacía algo así en un lugar como ese? Desde luego esta gente tiene una extraña obsesión con los espejos. Y tampoco parecen preocuparse mucho por la comodidad de sus visitantes.

Avanzar en cualquier dirección se hacía horriblemente difícil. Quien hubiera diseñado el recorrido realmente pensó en colocar los cruces y los giros de la manera menos intuitiva posible. Gina y yo no parábamos de chocarnos contra cristales mientras pensábamos que seguíamos la dirección adecuada.

Tras unos cuantos golpes, promesas de chichones y moratones, llegamos a una puerta con un marco rojo. La ansiedad y la incertidumbre eran muy intensas, pero con lo que había costado llegar hasta ahí lo mínimo que se podía hacer era echar un vistazo.

Gina exclamó horrorizada en cuanto observamos el otro lado de la puerta, y no era para menos. Se trataba de una visión traumática. Habíamos encontrado al hombre del maletín, o por lo menos su cuerpo inerte tirado en el suelo de un pequeño armario, y sin maletín.

Llegados a este punto, ¿qué sería lo correcto a hacer? Nuestro objetivo principal era descubrir a dónde se dirigía ese hombre, y ya lo habíamos encontrado. El instinto de supervivencia florecía e insistía en salir de ese sitio, desde luego era peligroso y perfectamente había motivos para acabar como el hombre que yacía enfrente de nosotros. Probablemente quien lo dejó ahí era la misma persona que bajaba en ascensor, quizás supo que habíamos entrado. El hombre del maletín parecía dejado ahí sin ningún tipo de cuidado, y la puerta roja era la más próxima al ascensor, si sabías moverte por el laberinto.

Contra toda lógica, decidimos terminar de investigar la sala, aunque no íbamos a abrir ninguna otra puerta hasta tener las cosas claras. Pensamos que sería buena idea ir todo el rato juntos pese a tardar más en explorar. Lo más seguro es que nos perdiéramos y no fuéramos capaces de encontrarnos entre los reflejos, y eso sería desesperante.

Después de lo que pareció una eternidad conseguimos hacernos una vaga idea del concepto del laberinto, aunque ni por asomo conseguíamos movernos con soltura a pesar del tiempo que llevábamos ahí metidos. Al final de cada recorrido, cuando el laberinto llegaba a la pared, había una puerta similar a la que encontramos al principio con el hombre muerto dentro. La peculiaridad del asunto es que cada puerta tenía el marco de un color distinto pintado, con una variedad tremenda de colores para elegir. Evidentemente un código interno fácil de aprender, pero sin pistas era arriesgado elegir una puerta rezando porque no estuviera la muerte al otro lado.

Finalmente Gina dio en el clavo, aunque no de la manera que ella esperaba:

-¡Jueff, ya lo tengo! Esta gente no piensa más que en espejos, así que el camino que buscamos estará tras el color de los espejos. Vayamos a la puerta con el marco plateado, creo recordar cómo llegar.

-Buenísima observación. Seguro que esa es la solución. Ven, por aquí creo que había una puerta verde un poco oscuro.

-¿Qué dices? Los espejos son de color plateado.

-¡Ajá! Eso es lo que quieren que pensemos, pero no vamos a picar. Esta gente no es tonta, y si de verdad es esa la clave es perfecta para los que caigan en la cultura popular.

-¿Cómo que los espejos no son plateados?

La cara que ponía Gina exigía una explicación inmediata, así que la di mientras hacíamos camino hasta la puerta que yo decía.

-Los colores que perciben nuestros ojos son ondas del espectro visible de la luz. Todas las cosas absorben la luz, que contiene las ondas de todos los colores, y reflejan aquellos colores que no absorben, de forma que todo es del color que no puede absorber. Así, cuando ves una manzana roja, es porque la luz típica blanca le golpea y absorbe todos los colores del espectro excepto el rojo, que es el que llega a tus ojos.
Volviendo a los espejos, el mecanismo es el mismo. La única diferencia es que los espejos están hechos para reflejar la luz por completo. Un espejo ideal refleja todas las ondas de luz que le llegan y por eso nos vemos reflejados en ellos. Por desgracia, en el mundo real las cosas no funcionan tan bien. Todos los espejos absorben algo de luz. No la suficiente como para preocuparse, pero estudios que se han hecho han demostrado que los espejos reflejan (es decir, no absorben) especialmente bien comparado a las demás las frecuencias de onda que detectamos como verde.
Ya te digo, el efecto es insignificante a la hora de mirar un espejo, pero cuando te colocas entre dos espejos y observas el túnel infinito que se crea, puedes ver claramente cómo al final se empieza a ver todo en un tono verdoso. La luz viaja de un espejo a otro y en cada viaje pierde un poco de todos los colores menos el verde.
Es típico pensar que son plateados porque normalmente se muestran de esa manera en imágenes, y lo cierto es que se hacen de materiales de aspecto plateado como el aluminio o el mercurio, pero el verdadero color de un espejo es el verde, y esta gente lo sabe seguro.

Con todo esto acabamos llegando ante la puerta con el marco verde. No quería mencionarlo en alto para no inquietarla, pero Gina estaba confiando ciegamente en mí. Sí, lo que le acababa de explicar era cierto, pero, ¿por qué tendría que ser esa la solución? Había por lo menos quince puertas más. Seguro que si lo pensábamos bien encontrábamos otra posible salida.

Pero ya era tarde. Estábamos frente a la puerta y la decisión parecía tomada desde el mismísimo momento en el que nos encontramos en el andén de la estación, momento que daba la impresión de haber ocurrido en otra época después de todo lo que había ocurrido desde entonces.

Estaba claro que había que seguir adelante.


Trabajo

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No me importa hacer más faena de la que debería. Nunca me ha asustado el trabajo duro. Eso mismo representaba la casa Hufflepuff de Hogwarts, aunque esa reflexión siempre pasaba desapercibida.

Aquella gente que no reuniera las condiciones para entrar en otra casa caía a Hufflepuff. Por eso la gente se reía de ellos, eran los tontos que han tenido que meter en algún sitio por no devolverlos a casa.

Pero hay algo que la gente quizás no sepa ver de los Hufflepuff: no tienen miedo al esfuerzo. Y, aunque no parezca cierto, con dedicación un "inútil" Hufflepuff puede lograr mejores resultados en cualquier campo que otra persona más capacitada a ojos del sombrero seleccionador.

Yo me siento un Hufflepuff. Hace años encontré de manera aleatoria (revisa lo que he escrito últimamente para juzgar si fue de verdad casualidad) la frase Aquí, para ser jefe, hay que currar.

Al principio no tenía claro lo que significaba. Creía que era simplemente un mensaje diciendo que hay que estudiar para aprobar. Pero con el tiempo he ido descubriendo que el Aquí del que habla se refiere a la vida misma. La clave para tener éxito, para ser jefe, está en currárselo.

Como un Hufflepuff.


Weekend Never Ends

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No importa lo que haya. No dejes que las cosas te agobien. Que no te chafe pensar que no te llena lo que haces porque es mentira.

Vive cada día como si fuera aquello que harías en el fin de semana, que es cuando se supone que puedes hacer lo que quieras.

No pongas excusas. Claro que puedes con todo, lo que pasa es que igual no quieres. Inténtalo y si lo haces con ganas verás que es cierto y que se puede sacar más partido a todo. Si te rindes, que pese sobre tu conciencia.

Pero ten una cosa bien clara:
Weekend never ends


¿En qué quedamos?

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Esto es algo que escribí antes de crear el blog, pero quiero guardarlo aquí con todo lo demás.

Miras la hora y ves cómo pasa de las 22:13 a las 22:14.

Te sientes superior, eres Dios. Has hecho que el reloj cambie sólo con mirarlo, lo has intimidado.
El universo parece girar alrededor de ti al fin.

¿Seguro? Al fin y al cabo tuviste suerte al acertar en qué segundo mirar la hora. Tenías una posibilidad entre 60 de conseguirlo. No parece tan prodigioso después de todo.

Igual que cuando llegas a la estación y coges el metro en el último momento. No hay quién te saque de tu felicidad.

Eres más guay que el resto de gente que perdió algún minuto de su vida esperando el maldito metro.
No creo que tenga mucho mérito. Pasan metros cada 6-8 minutos. Probablemente sea más difícil cambiar la hora del reloj con sólo mirarla dos minutos seguidos.

O cuando vas a tu tienda de discos y ves un disco que compraste hace tiempo de oferta y que han vuelto a ponerlo de oferta, pero más caro que cuando lo compraste tú.

¿Qué es eso? Simplemente haber estado en el lugar adecuado en el momento adecuado. Casualidades, cadenas de eventos que te han llevado ahí.

Nos encanta sentirnos especiales en esos momentos que, si los analizas bien, no son más que estadísiticos.
Sin embargo te cae una cagada de pájaro y el mundo se viene abajo.

¿Acaso tienes idea de todo el terreno que tenía ese ave para cagar? ¿De la cantidad de centímetros cuadrados donde tenía para elegir?

Y justamente va a parar a ti. ¡Qué coña! Debes ser el elegido o algo.

Llegas a casa y una tormenta terrible ha caído en tu barrio y ha hecho trizas tu casa. Eso sí, las de los demás están intactas. Ellos son unos desgraciados.

Madre mía, ¿un temporal en una ciudad donde apenas llueve cincuenta días al año? ¿Y ha ido a parar sólo a lo tuyo?

Joder, macho. Ni se te ocurra comprar lotería en los próximos meses porque ya has gastado toda tu suerte de momento.

¿En qué quedamos, Sergio?


Control

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De pronto todo empezó a moverse solo. Agarré el volante tratando de corregir el rumbo, pero era imposible. Había perdido el control.

En todo momento me parecía ir mal encauzado, como si fuera a chocar con cualquier cosa, pero los mandos no respondían y yo avanzaba hacia delante.

Entonces el agua lo cubrió todo, ya no había nada que ver. Estaba atrapado y descontrolado. De todas las opciones posibles, lo mejor que se podía hacer era asumir la situación y llegar al final tratando de disfrutar la situación al máximo posible.

Y fue justo en ese momento, cuando la situación pudiera empezar a resultar cómoda, cuando apareció la luz al final. La confianza y la seguridad volvían conforme me acercaba a la salida, y entonces volví a ser amo de los controles.

Aunque asustado, lo repetiría. La próxima vez estaré confiado antes incluso de perder el control.


"Historias" 12

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[ALERTA SPOILERS]

Esta entrada pertenece a una serie de entradas que componen un relato que estoy escribiendo. Si tienes interés en leerlo todo desde el principio puedes ir a las etiquetas que hay en la parte derecha y clickar en "Relatos". Ahí tendrás todo en orden inverso, así que tendrás que empezar desde abajo del todo e ir subiendo. Si eres un masoca al que le gusta saber el final antes de empezar la historia o simplemente te divierte mirar letras puedes seguir leyendo bajo tu propia responsabilidad. Gracias.


Para sorpresa de ambos, no se veía a nadie dentro del edificio. Las luces estaban encendidas muy tenuamente y no había nadie tras el mostrador de recepción. Tenía sentido que no quedara nadie trabajando a esas horas, ¿pero por qué estaba abierto? Supongo que la respuesta estaría relacionada con el hombre del maletín, pero hacía tanto que no sabíamos de él que casi me había olvidado del motivo por el cual estábamos en ese lugar.

En el centro de la planta baja había un estanque enorme. En medio, suspendida en el aire, colgaba una esfera metálica de dimensiones exorbitantes. El pulido de la superficie era excelente. A pesar de sus dimensiones no se apreciaba ni una sola rugosidad y el reflejo que se veía mostraba una imagen de la sala excepcional.

Gina me sacó de mi estupefacción haciendome ver los ascensores que había al lado de recepción. Había dos, y casualmente estaban los dos en el piso 28. Nos quedamos un momento observando las pantallas que así lo indicaban. Entre los dos decidimos llamarlo para subir. No tenía pinta de que lo hubiera usado alguien que no fuera el hombre del maletín, aunque era extraño que ambos ascensores compartieran ubicación.

Al apretar el botón la pantalla de la izquierda empezó a cambiar el número mostrado.

Cuando apareció el número 22 la otra pantalla empezó a indicar que el otro ascensor bajaba también.

-¡Jueff, nos han descubierto!- exclamó Gina.
 -No pasa nada. Tenemos tiempo para maniobrar, pero hay que ser rápidos y precisos. En cuanto se abran las puertas de nuestro ascensor nos metemos sin vacilar un instante.

La pantalla izquierda marcaba el número 10 en ese momento. Gina y yo estábamos cada vez más nerviosos. No podíamos hacer más que permanecer inmóviles mientras veíamos cómo nuestro perseguidor se acercaba. Podía ser perfectamente el fin de la historia y lo veíamos venir lentamente en forma de cuenta atrás.

Ya estaba en el piso 3... piso 2... piso 1... Maldita sea, se hizo un mundo hasta que se abrieron las puertas. La otra pantalla marcaba el número 4 en ese momento. Rápidamente nos metimos en el ascensor y pulsamos el número 28. El botón correspondiente se iluminó, pero las puertas tardaron en reaccionar.

No podía haber ido más apurado. Escuchamos las otras puertas abrirse a la vez que se terminaron de cerrar las nuestras.

Gina y yo suspiramos de alivio a la vez. Nos habíamos conseguido librar de momento. Así como la espera se había hecho eterna, el momento de subir pasó fugazmente. Pese a todo, nos sentíamos seguros dentro de ese ascensor. Aún rodeados de peligro, esa caja nos aislaba de todo y nos protegía, aunque era una falsa sensación de seguridad.

En los espejos que cubrían todas las paredes se veían claramente reflejados en nuestras caras el miedo y la incertidumbre que nos invadía. Gina y yo nos abrazamos cálidamente. Por muy calmados que estuviéramos tras el momento de tensión, sabíamos más que de sobra que nada nos protegería al atravesar las puertas otra vez.