Desde hace ya varios meses lo primero que suelo pensar nada más despertar es "Mierda, era un sueño."
No es que me moleste particularmente la realidad, pero siento que en el sueño estoy en un sitio totalmente nuevo, en uno de tantos universos paralelos, y el mero hecho de cambiar de aires y descubrir cosas nuevas me motiva, hace que esté a gusto y me cueste aceptar que tengo que levantarme y seguir con lo que hago aquí.
No obstante, pienso que si un día despertara de esta realidad y me diera cuenta de que era todo un sueño probablemente también diría lo mismo.
El mundo está lleno de cosas que damos por hecho que conocemos a la perfección y las dominamos porque somos tan tremendamente superiores a todo lo que nos rodea pero es justamente la ignorancia de esas cosas lo que provoca ese pensamiento. Es por eso que cuanto más se sabe, más se da uno cuenta de todo lo que no sabe.
Seguramente os sorprenda si os digo que todavía no existe una fórmula matemática que explique la dinámica de una bicicleta y por qué en reposo es inestable y en movimiento sí. La física se aventura a intuir que la fuerza centrífuga ayuda en el proceso, pero ninguna ecuación consigue acertar la realidad (reposo e inestabilidad no es algo que Newton asociara en su día).
Y no es de extrañar cuando piensas en todo lo que entra en juego al montar en bici: fuerza hacia abajo en los pedales, ángulo de inclinación del cuerpo, ángulo del manillar, precesión giroscópica en las ruedas, etc... Todo eso genera un algoritmo muy difícil de reproducir matemáticamente y, sin embargo, nuestro cerebro es capaz (a base de prueba y error) de asimilar todos estos parámetros y entender qué hacer en función de cómo se vean alterados para seguir adelante. Y, aún así, no seríamos capaces de enseñarle a un robot a manejar una bici por su cuenta.
El caso que quería compartir y por el que digo todo esto es por lo que hizo un ingeniero de Alabama recientemente. Unos soldadores que trabajan con él le pusieron a prueba y añadieron una pieza al final del manillar de una bici para invertir el giro de las ruedas. Cuando se giraba el manillar a la derecha, la bici iba hacia la izquierda y viceversa. Pues al montar en la bici los soldadores estallaban en carcajadas al verle fracasar todas las veces que intentaba avanzar. "El truco está en ir rápido", decía justo antes de pedalear la primera vez.
Bien podría ser que justo se tratara de una persona con una mala coordinación, pero no era él el único. Durante los siguientes meses se llevó la bicicleta invertida a las charlas que daba en congresos y universidades y prometía doscientos dólares a quien fuera del público que fuera capaz de cruzar el escenario de lado a lado subido en la bici. Efectivamente, nadie lo consiguió. Una vez tu cerebro tiene una manera sólida de pensar a veces no se puede cambiar aunque quieras.
Entonces este hombre se lo tomó como un desafío personal. Quería aprender a ir en la bici invertida, así que durante meses practicó entre cinco y diez minutos cada día hasta que ocho meses más tarde sucedió. Un día no podía avanzar y al día siguiente sí. Según él fue como un camino en su cerebro que había sido desbloqueado. A pesar de todo requería muchísima atención. Cualquier distracción como alguien gritando o su teléfono sonando hacía que volviera al pensamiento tradicional y se caía de la bici al instante, pero contaba como un éxito.
No contento con esto dio un paso más y probó el reto de la bici invertida con su hijo de seis años que llevaba tres yendo en una bici normal. ¡En sólo dos semanas consiguió lo mismo que a su padre le costó ocho meses! Realmente no es nada nuevo, pues se sabe que los niños tienen más plasticidad neuronal y por eso es mejor aprender idiomas de jóvenes, pero es un ejemplo más.
El problema ahora era que se había pasado tanto tiempo tratando de desaprender a ir en bici que ya no era capaz de hacerlo con una bici normal, al menos de manera natural. Después de media hora intentándolo consiguió volver a ir en una bici con el manillar no invertido tras sentir como un "click" en su cerebro, convirtiéndose así probablemente en la primera persona en aprender a ir en bici, olvidarlo y después volver a aprender.
Desconozco lo que habrá hecho respecto a todo esto después, si habrá conseguido alternar el control de su cerebro a su voluntad o no, pero es una bonita historia sobre lo que sabemos, lo que no sabemos y lo que creemos que sabemos.
BONUS: Otra cosa para la que no existe aún un modelo matemático es para el llamado efecto látigo en el tráfico. Se refiere a cuando una fila de coches se para en un semáforo, por ejemplo, y arrancan. No salen todos a la vez, sino que uno no empieza a acelerar hasta que el que tiene delante no está a una distancia prudente. Matemáticos y estadistas trabajan en esto para aumentar la eficiencia de las señales de tráfico y evitar atascos.
Me despertaron unos ruidos que venían de dentro de la casa. Desde la litera de arriba me asomé y comprobé que mi compañero no se encontraba ahí. Seguramente volvía otra vez borracho a las tantas de la mañana. No es que me importe lo que quiera hacer con su vida, pero me molesta cuando vuelve y se comporta como si fuera la única persona que importe a veinte kilómetros a la redonda.
El ruido no paraba. Sonaba como si estuvieran removiendo todo el piso. Webber era un inútil, pero hay que reconocer que era extraño que se estuviera comportando así. Tampoco era el peor compañero que había tenido. No hace mucho estuve con otro chico, Banning creo que se llamaba. Pues el chico este roncaba como jamás he visto roncar a nadie. En serio, más te valía dormirte antes de que él lo hiciera si no querías pasarte la noche entera en vela contando los ronquidos por minuto que era capaz de producir y pensando si no sería algo de lo que preocuparse en cuanto a su salud se refiere. Les he de confesar que me estaba entrando algo de miedo, hasta que vi ponerse a una persona en la puerta del cuarto. Era la hermana de Webber.
-¿Qué haces ahí?- le dije con una voz que seguro que sonaba como si aún estuviera durmiendo.
-¡Mierda, Caulfield! No esperaba que estuvieras.
Entonces se metió en la habitación y se acercó hasta la litera de forma que sólo era capaz de verle la cara. Era muy guapa, para serles honestos. Si no fuera porque implicaría compartir una vida más cerca de un canalla como Webber probablemente me plantearía algo más serio con ella que lo que me suelo plantear. Vendría de algún tipo de fiesta porque tenía toda la cara pintada. Jo, qué mal le quedaba. No sé ustedes, pero yo no entiendo a esas chicas que necesitan taparse la cara con maquillaje cuando van por ahí. Me parecen de lo más falso. Me parece mucho más atractiva una chica cuando se muestra tal y como es que cuando te muestra lo que a ella le interesa que veas de ella.
-Holden- empezó mientras me acariciaba el pelo. Se notaba que quería algo importante. -Necesito que me digas dónde guarda mi hermano su dinero.
No hace falta que diga que, aunque estuviera un poco dormido, veía claramente que la situación iba a traerme problemas por un lado o por otro. Fuera como fuera, seguro que yo salía perjudicado.
-¿Cómo has conseguido las llaves del piso?
-Mira, Holden. Lo único que te interesa ahora es hacer algo de justicia con el cretino de mi hermano.
-¿Y eso justifica robarle?
Jo, no podía parar de mirarle los labios. Aún en la oscuridad, despedían un rojo intenso tan antinatural que me daban ganas de vomitar.
-Mi hermano se merece muchas cosas y lo sabes.
-Ey, escucha, Natalie. Sea lo que sea que quieras hacer con el dinero de Webber creo que deberías hablarlo antes con él. Joder, ¿y tenías que colarte en la casa en medio de la noche? Menudo susto me has pegado.
Me miraba con una cara ausente. ¿Saben esa cara que pone alguien cuando escucha algo que le entra por un oído y le sale por el otro inmediatamente después? ¿Alguna vez han intentado razonar algo de sentido común con alguien que siguen empeñados en sus ideas aún sabiendo que no tienen razón? Natalie no parecía tener mucha intención de ocultarme que le daba igual lo que le dijera.
-Que te jodan, Caulfield. Voy a seguir buscando lo que quiero. Y si intentas algo raro te juro que me pondré a gritar y diré que intentabas abusar de mí.
Así que salió de la habitación y siguió haciendo ruido. No conseguí pegar ojo en toda la maldita noche.
Me apetecía hacerle un pequeño tributo a Holden Caulfield.
Quedaría bien en un sobrecillo de azúcar. Normalmente cuando se me ocurre una idea o una frase reflexiva intento construir una historia a su alrededor para darle un contexto en el que aplicarla, pero esta es distinta. Es capaz de existir ella misma. Envolverla en una historia o un contexto sería quitarle fuerza.
Se puede estar más o menos de acuerdo con la frase, naturalmente. Incluso yo no sabría decir del uno al diez cuánto de acuerdo estoy, pero hay cosas que me gustan mucho de la frase.
La primera es el hecho de definir el amor como una tempestad. La gente puede asociar más una tempestad al odio, pero son en realidad las acciones derivadas del odio las que se pueden comparar a una tempestad. El odio, en cambio, es callado, silencioso y doloroso. El amor es un huracán de emociones en su máximo esplendor. La pasión cegadora que te lleva a hacer cosas irracionales, los obstáculos que no existen a la hora de hacer cosas por amor... no se me ocurre una fuerza mayor.
(Al pensar en la frase estuve un rato decidiendo si decir tempestad o tormenta. Al final tempestad me parecía más agresivo y por eso lo elegí así.)
Lo segundo es la idea de que el odio es lo que queda cuando desaparece el amor. Igual que tras una tormenta, todo queda destrozado por la fuerza del amor en la calma tras la tempestad. No puede existir el odio si no ha existido antes el amor. Con esto en mente, los peores villanos no dejan de ser personas que alguna vez quisieron mucho algo.
Cabe notar que opino que la intención de un autor no hay que tomarla nunca tan en serio. Al escribir establecemos comunicación con el lector y, aunque parezca que es una conversación dirigida en una sola dirección, el lector también tiene voz para opinar y contestar a lo que lee. ¡Hay que darse ese protagonismo! Y si veo un mensaje y otra persona lo interpreta de otra manera ganamos todos. Eso no hace más que enriquecer el texto y la propia experiencia de la lectura.
Disfruto mucho conduciendo, y más de noche. Las calles están vacías y el cerebro no satura la atención que tiene que prestar. Entonces es capaz de hacer otras cosas.
Volver una noche a saber a qué hora escuchando justo en ese momento Hush de Deep Purple y pasando por debajo de un túnel... fue imposible rememorar con mi acompañante este momento de película:
Sacar el brazo por la ventanilla bajada, olvidarte por un instante de la velocidad que llevas, sentir el aire golpeándote en la cara tan fuerte que no puedes respirar, pero no te importa. Estás más vivo que nunca, no te va a pasar nada porque eres infinito.
BONUS: Probablemente lo que más me gusta que me digan sea "Tú camiseta mola mucho/es una pasada". Puntos extra si me lo dice alguien que acabo de conocer.
Eso y "Tío, en tu coche siempre hay buena música".
El ruido era ensordecedor y el ambiente no podía estar más cargado. Revelaría dónde me encontraba, pero iría en contra de la primera norma del club.
Previamente a cada combate se paseaba entre la gente un hombre con una libreta y un bolígrafo. Se encargaba de hacer apuestas para ver quién sería el próximo ganador. Mientras se acercaba a mí no dejaba de recibir billetes a favor de un tío con el nombre de Threepwood. No termino de ver bien convertir esto en una actividad de lucro, pienso que le quita parte de la esencia original, pero desde luego parece mantener más vivo el interés general.
-¿Dices algo, jefe?
-Sí. Pongo 100 para ese otro. McFly se llama, ¿verdad?
-No es que me importe cómo quieras tirar tu dinero a la basura, jefe, pero ese chaval no tiene ninguna posibilidad contra Threepwood. ¿Estás seguro que quieres poner 100 por él?
-Completamente.
La reacción del corredor de apuestas atrajo a un par de curiosos que no tardaron en dar su punto de vista y justificarse.
-Threepwood es mucho más atlético.
-Sí, no ha perdido casi ningún combate de los que ha tenido.
-McFly es un pringado. Se ve a la legua, capullo.
Sólo un poco más y el tipo de las apuestas tendría que estar recibiendo pujas por mí o por alguno de aquellos simpáticos muchachos.
-Subestiman el poder de las emociones. -empecé.- McFly tiene unas ganas de machacar a Threepwood que no son normales. Después de lo que le jodió no me sorprendería que haya venido esta noche con la intención de matarlo si es posible. Tiene las de perder, objetivamente hablando, es cierto. Sólo ha peleado un par de veces si no me equivoco y eso es lo que más asusta. Que un tío como él se atreva a plantarle cara a Threepwood sólo quiere decir que su razón está cegada por el odio que le tiene. Threepwood, en cambio, no siente nada por McFly. Para él lo que le hizo no tiene ningún valor especial. Es algo que le hubiera hecho a cualquier pringado, se llame como se llame. Si le preguntas seguramente sea capaz de decirte que siente lástima por McFly. Con eso, lo más probable es que Threepwood baje la guardia y McFly nos enseñe hoy una lección a todos.
Me había separado del grupo. No
iba el primero ni el último, pero iba solo. Llegué a un cruce en el que nada
indicaba por dónde continuaba el camino. No hablo de una simple bifurcación,
había muchas posibilidades para elegir. Traté de seguir algún rastro, encontrar
alguna señal que marcara la dirección correcta o hallar indicios de que un
camino fuera más frecuentado, pero fue en vano. Me decanté por la opción que
más se aproximaba a la dirección de mi destino, aunque era consciente de que de
nada serviría ese criterio tras un par de curvas. Me pasaba por la cabeza
incluso la idea de volver atrás cuando tuviera la certeza de saber cuál era el
camino, pero la idea de dar media vuelta se desvanecía cuanto más avanzaba.
Trataba de seguir con la mirada por dónde pasaban otros caminos, comprobando
que no se alejaran mucho y sabiendo que podía intentar cambiar de camino si las
cosas se volvían complicadas por donde iba. Realmente me sentía de todo menos
perdido. El sendero estaba envuelto por árboles que dejaban pasar la luz justa
para caminar sin sentir el freno de los rayos de sol a plena intensidad.
Una mujer mayor apareció sentada
en una roca a unos metros de mí. Decidí preguntarle por indicaciones, pues
llevaba bastante rato caminando a ciegas. Su cara estaba tan arrugada como la
piel que lleva horas en remojo y sus ojos se escondían detrás de unas gafas con
cristales gordísimos y redondos. Vestía toda de negro, hasta un visillo que le
cubría la cabeza. Me dijo que no iba mal, que si seguía tarde o temprano
empezaría a encontrar señales. Se paró un momento y me dijo que podría llegar
antes si en el siguiente cruce tomaba el camino de la derecha en vez del de la
izquierda. Pregunté si tenía algún tipo de indicación, pero lo único que hizo
ella fue sonreír de la manera más pícara que le fue posible y decir “es un
atajo”. Todavía con aquella sonrisa envuelta por los surcos de su cara me
despedí de ella y continué.
En cuestión de minutos alcancé el
cruce del que me había hablado. Una pila de piedras marcaba claramente el
camino de la izquierda, mientras que la derecha no invitaba a ser seguida bajo
ningún concepto. Había ido para vivir aventuras, pensé, sería una pérdida de
tiempo ir a lo fácil. Justo entonces comenzó la lluvia, si es que ese es el
nombre que se le podía dar. Más que agua cayendo era como si el aire estuviera
tan húmedo que las gotas de agua se condensaran inmediatamente al contacto con
la piel. Pronto mis botas se hundían en el barro. Mis pisadas se pegaban con
más fuerza al suelo y costaba arrancarlas para avanzar. Mis brazos estaban
fríos y mojados. Cada vez era más complicado articular las manos. No podía
hacer más que juntar los brazos al cuerpo y frotarlos para entrar en calor.
Entre la bruma divisé donde la
vista me alcanzaba la figura de una mujer. Tenía el pelo rubio y largo y un
poco rizado al final. Extrañamente me resultaba familiar. Aunque fuera por
abandonar la soledad decidí seguirla desde la distancia. Necesitaba saber quién
era y, quizás irrelevante pero muy importante para mí, qué hacía en ese camino.
Acelerar el paso fue provechoso para dejar de sentir el frío de la lluvia. La
aparición de aquella mujer fue muy oportuna, pero por mucho que tratara de
correr hacia ella no parecía acercarse. Podría haber gritado para que se
detuviera y me esperaba, pero me parecía ir en contra de la calma y el estado
natural del camino. Las piernas no hacían más que arderme, pero el dolor no me
podía frenar. Tenía que lograr lo que me había propuesto.
Girando por el último sitio por
el que había visto a la mujer encontré mi siguiente parada: una cabaña de
madera con una chimenea humeante. Definitivamente había alguien dentro. Sin
darme cuenta iba completamente mojado, en parte por la lluvia y en parte por mi
propio sudor. Estar parado delante de la cabaña observándola me hizo tiritar de
frío. Dentro seguro que se estaba a gusto. Entrar era la opción más sensata.
Pensé en la mujer. De una manera u otra me había llevado hasta ahí.
Dentro había un agradable olor a
incienso y una sensación de ambiente seco. Un hombre mayor y delgado se acercó
a recibirme con un “Namaste”. No sabía por dónde empezar. Todo me venía de
golpe a la cabeza y no era capaz de expresar algo con sentido.
-Elcaminoindicaballuviamuymojadomujerseñoraatajo…
Me hizo un gesto brusco para
hacer que me callara. Parecía molesto por mi actitud.
-Ponte de acuerdo, chico. No
puedes venir aquí con tantas quejas como si eso fuera a solucionar algo.
Supongo que querrás deshacerte de esa lluvia.
Asentí silenciosamente.
-La lluvia no es más que el
reflejo de tus preocupaciones. Crees que vas perdido, que no sabes por dónde ir
y te sientes desesperado. Pero la verdad es que todo eso no es cierto, está
todo dentro de ti. Tú has provocado la lluvia. En realidad tú eres el camino, y
cómo sea para ti depende únicamente de cómo te lo quieras plantear.
Aquello sin duda me hizo
reflexionar. Tras despedirse y desearme suerte abandoné la cabaña por una
puerta que había en la parte trasera. Me sentía mucho mejor. No me fijaba en si
hacía buen tiempo o si iba cómodo para caminar. Lo que más importaba desde ese
momento era disfrutar al máximo de la vida.
Finalmente, el camino llegó a un
claro y volví a encontrarme con los míos. Resultaba que cada uno había elegido
un camino distinto en aquel cruce, y cada uno tenía su propia historia que
contar después de su aventura. No era el primero ni el último en llegar, pero
desde luego ya no estaba solo.